Al fin, se dejó caer sobre la hierba y experimentó con placer la sensación profunda y conmovedora de una nitidez tanto exterior como interior. Aquel hecho le impresionó casi de una forma religiosa y de repente sintió como si hubiese nacido de nuevo. Su mente tenía una claridad tan grande, que ni siquiera podía describirse. Por unos segundos lo supo todo con respecto al universo, aunque aquella sensación desapareció enseguida. Lo único que quedó en su cerebro fue una claridad insólita, al mismo tiempo que en el cuerpo quedaba una pureza casi mística.
Se levantó y fue hasta un pequeño arroyo en cuya orilla se arrodilló. Lavó su rostro lentamente. El agua era clara, fría y limpia. Sin pensarlo dos veces sumergió la cabeza. Mágicamente quedó posado en el fondo, el ego, la melancolía, la envidia. Nunca había encontrado el agua tan refrescante.
JJM ©

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