Una tarde como cada Jueves regresaba a casa después de haber realizado la compra correspondiente de la semana. Un hombre desaliñado se acercó a pedirme una limosna a cambio de una sonrisa. - Felices fiestas señor - me decía extendiendo su mano temblorosa.
Baje la ventanilla de mi vehículo y aceptó una moneda de muy buen grado.
En el semáforo del paso de peatones había un carro de la compra lleno de todo lo que tenía en la vida, ropas que hasta en la distancia se veían sucias y una litrona de cerveza a su lado. Me fijé porque un violín asomaba por la abertura de una mochila rasgada y mugrienta.
Me quedé con ganas de saber más de ese hombre, de conocer cómo había sido su vida, si quizás hubiera sido un virtuoso con el violín o sería una vieja gloria de la música de algún país lejano, quizás del Este, caído en desgracia o devorado por la crisis, ¿quién sabe?
La situación me dejó descolocado. Aquello me sirvió para darme cuenta de lo tristemente desconfiados e ingratos que somos los seres humanos, de las muchas etiquetas de imagen, posición y convención que nos impone una sociedad enferma. De lo mucho que nos perdemos por no dejar mucho mas abiertos nuestros corazones. De lo poco que nos miramos los unos a los otros, mirando al ser humano, pasando la vista por encima de trajes de Hugo Boss, harapos de indigente, acentos extranjeros o diferentes razas.
Teddy . Así y de esta manera bautice a mi amigo de la calle, dueño de aquél lugar minúsculo pegado al semáforo en rojo. Allí en aquel lugar y cada semana, solo había la sonrisa de un hombre, una moneda , un violín de dos cuerdas y un momento mágico. Eso era todo lo que había. Nada más y nada menos.

