Aquel día allá en lo más alto decidió no volver a mirar atrás. Y aunque tenía la certeza de que todo estaba bañado por la transitoriedad, seguiría buscando la felicidad. Convencido que era mejor mirar de frente para poder así observar la situación con una mejor perspectiva, había sido un punto y aparte. Renunció a aferrarse al pasado, aprendiendo a vivir con el dolor pero huyendo del sufrimiento. Quería despegar de nuevo. Y si le hubieran dejado, seguro de que hubiera saltado al vacío desde aquel mirador esperando a que sus alas se desplegaran libres. Aunque conociéndole me preguntaría ¿de que libertad hablamos, si esta termina en el mismo momento de nacer?. Cógete fuerte y no te sueltes. Era mi manera de decirle lo orgullosa que estaba de aquél click que dio su cabeza. No me dijo nada, pero en ese momento me abrazó. Y me dejé abrazar. Me susurró al oído que todo había cambiado, que me quería, que no estaba dispuesto a seguir las pautas marcadas por una sociedad hostil, demasiado competitiva y que no por estudiar más sería más feliz. Volemos me susurró al oído. Cerramos los ojos y cogidos de la mano viajamos en nuestro imaginario a una isla en Cabo Verde. Allí las personas parecían haber encontrado el secreto de la felicidad, sin grandes alardes intelectuales, apenas un barco pesquero, una red, unas monedas, la mano tendida y una sonrisa. Aquí nos quedamos.
JJM ©.

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