Ajedrez, juego de dioses: en él
manejamos un mundo en miniatura con todas sus figuras, batallas,
defensas y ataques, también sacrificios para conseguir objetivos
sobre el mismo tablero simbólico de la vida misma. Negros y blancos,
vencedores y vencidos. Quién sabe si la existencia no es más que
eso: un enorme tablero en el que algunos seres superiores juegan con
nosotros como si fuéramos piezas del ajedrez.
Momento mágico de reflexión,
silencio ante el movimiento contrario, un reloj que marca como una
losa el paso tiempo, un error y se acabó, ¡Jaque mate!
Tablero de los anhelos, de metas y
esperanzas, támbien del hastío y de la depresión, donde el peón
es igual de importante que el propio rey, protegido por sus torres,
con su caballería y alfiles que marcan las directrices del juego.
Respeto mutuo y un código de
comportamiento sin igual. Juego
de caballeros, los
oponentes se dan la mano al empezar la partida y al acabar. ¿Quién
será el vencedor?.
Juan José Moragrega
Incluido en mi libro "Búsqueda de caminos" editorial Entrelíneas Editores.
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