Fusileros
cargan sus armas de fuego y muerte, apuntan con sus cañones a sus
cuerpos desfallecidos, la sangre se hiela, la boca se seca y el
corazón casi se detiene, el miedo recorre las venas, la mente se
nubla y vuela. Último suspiró antes del disparo cruel de seres no
pensantes, la sin razón su credo.
¿Por
qué? se preguntaba, ¿por qué me han detenido?...
En
esos instantes finales, quizás segundos, los pensamientos pasan por
su mente como estrellas fugaces, recuerdos del pasado, de su
existencia, fotogramas y fotogramas fluyen cada vez más y más
deprisa. Apunto del desmayo, las piernas apenas le sujetan.
Escucha
un grito:
¡Alto
no disparen!. En un segundo los hombres armados quitan del gatillo
sus dedos asesinos.
Un
altivo capitán de la Benemérita paralizó el acto y su sangre.
Una
figura delgada, uniformada, se acerco a él, que apenas sin fuerzas,
solo veía condecoraciones por encina de su bolsillo izquierdo y
oscuridad.
Con
energía el oficial arrancó de su cuello un colgante que llevaba del
cristo de la buena muerte, lo observó detenidamente y no se porque
extrañas razones del destino le saco de aquella hilera de muerte y
desolación.
¡Fuego!
Los atronadores disparos de los mosquetes de aquel pelotón de
ejecución ensordecieron sus oídos, imagen atroz de personas
abandonadas a la fatalidad del destino; aquellos hombres cayeron
inertes en el suelo helado.
Aquella
imagen le había salvado la vida, se arrodilló entonces y se hecho a
llorar como cuando era un niño. Salvó su vida.
Basado
en una historia real contada por un familiar cuando yo era un niño.

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