Aún recuerdo aquella noche gélida en el bar junto al golfo de Alaska. Allí donde dos océanos se juntan pero sus aguas no se mezclan, unas oscuras y otras claras, presagio de un amor imposible.
No podía sonreír, ni siquiera llorar, volvi a ese lugar y a la misma mesa con aquel candil a medio gas.
No era lugar para cualquier persona, si para almas atormentadas por el paso del tiempo, un sitio para llorar nostalgia con pensamientos infinitos. Para seres a punto de caer, para no levantarse jámas, donde muchos sacaban el pasaje para el último tren de sus vidas.
En penumbra y en silencio me encontraba pensativo y un acontecimiento marcó un día mi destino.
Era una noche fría, como cualquier otra, comentaba con un viejo amigo de la zona la relación que tenía con mi mujer mientras el escuchaba absorto. Yo amaba a Lucía, pero con el paso de los años la relación se fué deteriorando y ahora éramos unos desconocidos. Quizás el tiempo y la rutina, yugos de lo eterno.
Observando a traves de la ventana aquellas montañas al borde del océano impertérritas al paso de los años, pensaba: Cogería el primer avión, recuperaría el tiempo perdido, la obsequiaría con aquellas lilas que tanto la gustaban, como cuando éramos novios. Y una llamada me comunicó el triste desenlace. Lucía no pudo superar una grave enfermedad. Rabia, desesperación por no haber estado a su lado.
Hoy regreso a este rincón de Alaska donde un día quise huir de mi mismo... Lágrimas del recuerdo recorren ahora mis mejillas, se me nubla la vista y mi sangre se hiela, en este instante te digo adiós.

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