Debemos escuchar al niño que fuimos un día y que existe dentro de
nosotros. Ese niño entiende de instantes mágicos, de pureza, nobleza, alegría, no es víctima del paso de los años que como surcos
desgarradores se forman en el corazón y se reflejan en el rostro
marcando el paso del tiempo y nos vuelve piedra.
Pobre de aquel que pierda el niño que lleva dentro, y que un día fue.
A veces podría decirle: Si pudiera explicar mis errores, si pudiera
contarte todo lo que he visto, compartir mi angustia, mi dolor. Quizá
entonces me perdonarías. Quizá ignorases todas las promesas que olvidé,
los pactos que rompí, la vergüenza que perdí. Quizá un gesto tuyo
consiguiera aliviarme.
No quiero perder ese niño que un día fui y que me hace mejor ser humano.

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