Me
encontraba en aquel café, por allí habían pasado ilustres personajes de
otros tiempos. Me daba no sé que sentarme en la misma silla, quizás en
el mismo taburete, respirar ese aire rancio impregnado de nostalgia,
daba miedo.
El servicio ofrecía un buen trato si no hubiese sido por aquel camarero con cara de funeral a la hora de servirme la infusión.
Al fondo de la sala un violín liberaba suaves notas musicales que flotaban en el ambiente, pero su sonido estaba distorsionado por el ligero tintineo de las lágrimas de la lámpara del techo y el leve murmullo de los allí presentes, artistas, escritores, mujeres de clase acomodada.
Todo era casi perfecto, hasta que un breve fogonazo me cegó durante unos segundos.
Fue entonces al abrir los ojos cuando pude ver a una extraña niña, tumbada en el suelo, abrazando a una muñeca.
Me levante raudo y veloz para ir a su encuentro.
Al llegar a ella me sobresalto su mirada fija, la niña se levantó y me cogió de la mano.
- ven - me dijo, sonriendo.
Entonces al volverme pude observar el tremendo revuelo que se había formado alrededor de aquella silla donde había reposado. Un hombre que decía ser doctor, estaba arrodillado delante de mi cuerpo, masajeándome el pecho. En ese momento lo comprendí todo.
- ¿Pero tú no eras un esqueleto que usaba guadaña? - le dije a la niña.
Ella me miró y, luciendo una dulce sonrisa, se encogió de hombros.
El servicio ofrecía un buen trato si no hubiese sido por aquel camarero con cara de funeral a la hora de servirme la infusión.
Al fondo de la sala un violín liberaba suaves notas musicales que flotaban en el ambiente, pero su sonido estaba distorsionado por el ligero tintineo de las lágrimas de la lámpara del techo y el leve murmullo de los allí presentes, artistas, escritores, mujeres de clase acomodada.
Todo era casi perfecto, hasta que un breve fogonazo me cegó durante unos segundos.
Fue entonces al abrir los ojos cuando pude ver a una extraña niña, tumbada en el suelo, abrazando a una muñeca.
Me levante raudo y veloz para ir a su encuentro.
Al llegar a ella me sobresalto su mirada fija, la niña se levantó y me cogió de la mano.
- ven - me dijo, sonriendo.
Entonces al volverme pude observar el tremendo revuelo que se había formado alrededor de aquella silla donde había reposado. Un hombre que decía ser doctor, estaba arrodillado delante de mi cuerpo, masajeándome el pecho. En ese momento lo comprendí todo.
- ¿Pero tú no eras un esqueleto que usaba guadaña? - le dije a la niña.
Ella me miró y, luciendo una dulce sonrisa, se encogió de hombros.
Juan José Moragrega ©

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